domingo, noviembre 13, 2011

viernes, noviembre 10, 2006

Recuerdos

A pesar de que ni bien se hubieron separado experimentaba profundo dolor a causa de los recuerdos, el tiempo que nunca para se encargó de empujarlo hacia delante de manera tal que luego de algunos meses el dolor se había mitigado mucho y sólo persistía la amarga sensación de adeudar un sentido. ¿Cuál era la clave que descifraba el sentido de los recuerdos? La situación de los recuerdos del viejo amor parecía estanca puesto que no concebía la forma de librarse de esa penosa sensación de no haber entendido todavía algo fundamental. ¿Cuál es el sentido de todo lo que ocurrió? Acaso esa clave se encontrara entre ambos, y sólo alguna improbable tarde terminaría de comprenderlo todo, cuando se encontrara con ella a tomar un café y ambos regresaran en el tiempo para reencontrarse con las sensaciones de las que ahora sólo quedaban marcas.
Pero llegó el momento en que reflexionó de manera novedosa. El sentido de ese golpe inefable y ya muy atenuado de la sensación que acompaña a los recuerdos no lo conocía él, pero ciertamente tampoco lo conocía ella. ¿Qué palabras descubren a los ojos el sentido de ese resto de carne estremecida? ¿Cuál es ese sentido que todavía falta encontrar? No es una pregunta que pueda culminar en otro. Compartieron los momentos, pero las marcas se han inscripto en cuerpos distintos. ¿Cuál es el sentido de esas marcas? La respuesta se enrosca interminablemente ensimismándose en la propia carne, y hacerla brotar de allí no implica regresar para encontrarse y repetir lo mismo, sino crear para seguir adelante.

miércoles, noviembre 08, 2006

Walter Parrilla

Walter Parrilla era una persona que trabajaba en una estación de servicio que quedaba sobre la ruta. Frente a la estación de servicio había un campo muy amplio, sobre el que se ponía el sol todas las tardes. A Walter Parrilla le pasó lo siguiente. Cansado de la rutina, un día a las siete de la tarde, cuando salió del trabajo habiéndose bañado y cambiado, en vez de dirigirse a su casa cruzó la ruta, saltó sin dificultad el alambrado, y se internó en el campo que todavía recibía los rayos del sol. Una vez que hubo caminado ya más de tres kilómetros, se sentó sobre una roca para poder mirar sin apuro y tranquilamente al sol que se estaba poniendo allí sobre el horizonte. Cuando el último fuego se había escondido ya debajo de la tierra, Walter sacó una petaca del bolsillo de su chaqueta y tomó un sorbo de una bebida blanca mirando en derredor al campo desierto sobre el que corría la brisa. Se preguntó sosegadamente por qué se encontraba allí en ese momento y qué significado tendría ese paisaje de tierra rocosa y seca. Respiró hondo y comenzó a sentir una tensión en el pecho que luego se mudó en dolor. Se encorvó con gesto de gran malestar y quedó totalmente quieto. No podía moverse. Un cosquilleo incesante tomó todo su cuerpo y su piel palpitante irradiaba también mucho calor. Su organismo estaba exhalando algo, una vibración, que era tomada por el aire del campo y se perdía unos metros más allá. Walter sentía una agitación febril que lo agotaba terriblemente aflojando sus músculos y toda su carne. Antes de consumirse por completo su energía logró levantar la cabeza para mirar el mundo una vez más con inigualable expresión de profunda extrañeza. Cayó de espaldas con el rostro mirando al cielo, la última tensión se notó en el parpadeo de sus ojos y su ceño fruncido, y cuando se aflojó murió. El cuerpo estaba caliente y no le quedaba nada de vida.

domingo, noviembre 05, 2006

El sentido 2

En algún lado de mi cuerpo hay un objeto difícil de identificar: la carne misma origen de toda mi vida. Es el cantero interminable de donde surgen todas las sensaciones antes de convertirse en palabras. Voy en su búsqueda, pero mis ojos están hechos de palabras y nada puedo ver que esté más allá. Encuentro un sentido e inmediatamente experimento la penosa sensación de que no es el verdadero o completo sentido del objeto.
Las alternativas son: 1) Quedarme junto al objeto renunciando a las palabras y sucumbir a la angustia de entregar lo que tengo de humano; ó 2) Atacar, rodear, acariciar al objeto con mis palabras, sucumbiendo a, pero quizá también disfrutando, la herejía de inventar un sentido.

viernes, noviembre 03, 2006

Un ruido

Un ruido a madera hueca lo despertó. Abrió sus ojos en el cuarto a oscuras y vio la tenue luz azul que salía por debajo de la puerta.
El golpe retumbó nuevamente. Se levantó de la cama y en la oscuridad se puso sus pantuflas. Caminó lentamente y tambaleándose hasta alcanzar la manija de la puerta. Intentó abrirla despacio, pero se durmió en el intento.
Despertó al otro día, en una mañana muy clara, parado y con la manija de la puerta en la mano. Se acordó de lo que había ocurrido, se río un poco, abrió la puerta y entró en su cuarto.

Max

Max Pátitus salió de la agencia con prisa. La vereda estaba empapada de la suave llovizna que había caído toda la tarde. Buscó con la vista su auto al otro lado de la calle y vio que uno de sus cristales estaba destrozado. A lo lejos, refugiándose en la oscuridad de la esquina, un joven hurgaba dentro de un bolso. Max Pátitus dirigió su aguzada mirada hacia allí y el otro, el delincuente, delató su culpa con una espantada mirada de asombro. Los músculos criminales del asaltante habían recibido ya de su cerebro la orden de comenzar las contracciones necesarias para la huída, pero Max Pátitus desenfundó su 38 con la rapidez de un relámpago y disparó. Todo lo que sintió el otro a lo lejos fue un intenso calor en la entrepierna. Max Pátitus se acercó con paso calmo y se detuvo frente al joven que había caído de rodillas y miraba con horror sus manos mojadas en sangre. ‘Por hacer un afano choto perdiste las pelotas pibe’, fue lo que dijo Max Pátitus antes de recoger el bolso y recuperar lo que le pertenecía.

Mundo anormal

Ustedes viven en un mundo “normal”. OK, el mío no es un mundo normal. Aquí ocurre lo siguiente (entre otras cosas): cuando un muchacho cumple 18 años y 23 días de edad, su Otro Yo (que ha estado viviendo en una dimensión paralela) abandona la propia y conmuta hacia la dimensión del muchacho. El recibimiento es en general con gran algarabía. Se dan 4 fiestas en donde se agasaja al recién llegado, tributando en cada una a alguno de los elementos primeros: la tierra, el agua, el fuego y el aire. El Otro Yo permanece en el hogar no más de 17 días, y luego desaparece. Si bien todo esto significa un acontecimiento decisivo y singular en la vida de cualquier muchacho, desde un punto de vista social podríamos decir que es tomado con la mayor naturalidad: ha ocurrido siempre y continuará ocurriendo a todos los hombres.
En el caso de las mujeres nada de esto se verifica; sólo en la mitología de pueblos muy antiguos se encuentran referencias a mujeres que se han topado con su Otro Yo. Lo que sí puede ocurrirles a ellas es algo muy diferente, antiguamente considerado como de orden místico; hoy se sabe que no es más que un error de la naturaleza (un entrecruzamiento de las esferas masculina y femenina): sucede que a los 18 años y 23 días de edad la mujer queda embarazada. No quiero alarmarlos, sólo acontece en una mujer cada siete mil, pero esta proporción fue suficiente para que el hecho suscitara el vivo interés de los hombres de todos los tiempos, actualmente de los científicos.
Quisiera hablarles de los rascacielos, porque con ellos ocurre también algo particular. Nada sucede con los edificios de 15 pisos (o menos), pero aquellos que superan ese número cobran vida. No deben espantarse: la vida de que se trata es puramente vegetal. Desde el piso 8 comienza a surgir una edificación multiforme que alcanza en general 14 metros y se bifurca 45 veces. El piso 12 sufre una importante mengua de su volumen que lo convierte siempre en el piso más pequeño del edificio. En el piso 16 suele crecer un bulto o una pequeña saliente, y en los pisos superiores crecerán diversas ramificaciones a alturas irregulares. Los científicos han logrado explicar de manera completamente satisfactoria por qué se produce este fenómeno.
También les relataré que la gente de nuestro mundo no tenemos cerebro. Tenemos un cerebro enorme, pero es muy pequeño. Ocurre que siempre que queremos acordarnos de nuestro nombre se nos olvida, de manera que es difícil pedir helado en nuestro mundo. El muchacho llega a la heladería y dice: ‘Quiero uno de limón y dulce de leche’; el heladero le pregunta: ‘¿Cuál es tu nombre?’, y el muchacho debe retirarse insatisfecho.
Los sábados no está permitido hacer la vertical en las plazas. Los postes de luz convidan caramelos de 7 a 18 horas cuando hay luna llena y si mis zapatos son marrones. Ernesto se llama Carlos. Beatriz tiene epilepsia. Los perros usan moño.
Tengo algo importante para decir, pero me olvidé.

Tengo que decirte algo

Hola Jorge, ¿cómo te va? Sí, sentate. ¿Cómo estás? Bueno, te parecerá raro que te haya llamado así de improviso...; necesito hablarte. ¿Pedís un café? Dos, por favor, gracias. Te decía..., tengo que hablarte de algo que ciertamente te va a sonar un poco extraño. Al principio quizá lo tomes con un poco de humor, y mejor si es así, pero tenés que saber que no estoy bromeando. Voy a tratar de ser lo más directo posible, porque es la única manera de que entiendas que no intento tomarte el pelo ni quiero faltarte el respeto. Jorge, bueno, te lo tengo que contar..., y quiero que sepas que esto es algo que nunca dije a nadie... Dadas las circunstancias, creo que lo tenés que saber, porque ocurre que ha comenzado a involucrarte directamente. Aquí va: veo gente muerta. Así es, veo gente muerta, Jorge, y te ruego que escondas esa risita, porque estoy siendo totalmente serio. Sí, lo sé, entiendo..., me ocurre lo mismo que al personaje del film ‘Sexto Sentido’, y no creas que eso ha pasado desapercibido para mí. Esa película produjo una impresión profundísima en mi alma, pues creí que a alguien más le sucedía esto, pero no. Busqué, intenté ponerme en contacto con los guionistas, me enloquecí... Finalmente encontré que todo era una fatal casualidad, una historia, una ficción, surgida de la cabeza de un creativo, un productor de películas de Hollywood. Hasta donde yo sé, nadie, nadie en el mundo, comparte esta extraña condición conmigo. Soy el único al que le ocurre esto.
Hasta aquí podés considerarme un loco, y sé que te cuesta creer que te esté diciendo estas palabras. Pero si te lo cuento es justamente porque sé que vos me apreciás, que me vas a escuchar. Y por favor te pido, por favor escuchame, porque todavía hay más. Veo gente muerta, sí, es cierto, pero pasó algo que tenés que saber. Entendeme que no te quiero faltar el respeto... Lo que te voy a decir es fuerte, y primero, en realidad, tengo que preguntarte si estás dispuesto a escucharlo. ¿Querés escuchar lo que tengo para decirte Jorge? Tu vida va a cambiar, mucho de lo que creés sobre muchos temas se va a conmover... Tenés que saberlo. Decidilo. ¿Querés que te cuente lo que sé? ¿Sí? Bueno, por favor prestame atención entonces, y no te pongas mal. No te enojes conmigo, no te estoy tomando el pelo. Jorge, escuchame, ¿estás listo?... Jorge: hablé con tu viejo. Sí, así es. Por favor te pido, no creas que estoy bromeando. Me contacté con tu padre, o mejor dicho, él se puso en contacto conmigo. Hablamos un rato largo. No importa, nada de eso importa. Lo importante es que él me pidió que te diera un mensaje. Esa es mi tarea. Si te cuento todo esto es simplemente para transmitirte lo que tu padre me dijo. No, por favor te pido, no te enojes conmigo. Sé que esto no es gracioso, y puedo demostrarte que intento ser completamente serio. Por favor escuchame, escuchá lo que tu padre me pidió que te dijera. Me dijo: ‘Decile a Jorge que la moneda sigue estando debajo de la baldosa floja en el patio de la casa de la abuela. Ahí está y ahí estuvo siempre. Nunca la regalé, nunca la vendí, y todo lo que hice lo hice por su bien. Decile que siempre lo quise, decile que siempre estuve orgulloso de él, y que me perdone la escena del museo, yo no sabía que para él era tan importante ese viaje, y no sabía que podía llegar a quererse un hijo tanto como yo lo quise a él’. Esas fueron sus palabras. Después se esfumó, como suele ocurrir, y no apareció nunca más.

jueves, noviembre 02, 2006

Amor y Carne

Hoy me ha ocurrido reflexionar sobre el amor y la carne. He pensado que la carne es la sustancia viviente en su estado más crudo, de allí todo puede nacer. La carne es como una manteca que se esparce por el cuerpo. Es una sustancia blanda que puede abrirse y desplegarse indefinidamente, y en cada pliegue muestra sus deshechos y sus procesos desnudos.
El amor es, por el contrario, aquello que todo lo une. El amor abraza y contiene. Vela lo que no es apropiado ver y descubre lo que precisamos para ser.
El amor y la carne se encuentran y se molestan, se deshacen y rehacen, se contienen, se aman y se matan.
El amor, por ejemplo, está en los labios que besan, pero los labios son de carne. El beso llama a la concordia y contiene lo endeble, pero sólo a través de la carne que no admite metáforas. Para nombrar a la carne sin traicionar su naturaleza cruda sólo sirve la palabra carne. La carne no tiene lenguaje, la carne no tiene ojos. La carne simplemente está viva. El amor, por el contrario, no está vivo ni muerto. El amor no ha nacido nunca, simplemente está.
El amor es ambicioso, siempre quiere más. La carne no es ambiciosa porque no es nada, la carne no hace otra cosa más que vivir. Cuando la ambición del amor es desmedida ataca a la carne con sus navajas y licúa hasta sacar sangre. Luego descansa, duerme, y trata de olvidar.
Sin el amor la carne se desperdigaría hasta desaparecer, de manera tal que sin el amor no habría vida. El amor ordena la carne. El amor forma la carne. El amor regula. El amor trabaja, y la carne no da las gracias nunca porque no es nadie, no tiene palabras, no tiene deseo.

Libertad

“¿Así que esto es lo que pasa por la cabeza de un suicida?”. Miró hacia abajo. Estaba muy alto. ¿Por qué no se tiraba? No lo sabía. Se bajó de la estrecha baranda que resguardaba a la terraza del vacío de 20 pisos. Se sentó sobre una tapa de metal, apoyó su cabeza en la baranda, tapó su cara con las manos. Lloró desconsoladamente. Las palabras erraban la salida y sólo golpeaban la carne. El pecho se le inflamó. Levantó la cabeza. El agua de sus ojos se llenó de aire frío. Lo asaltó un instante de inefable coraje y se tiró. Los segundos que duró la caída bastaron para contener un pensamiento: “No soy libre. Lo hago por ella”.

Libre

sábado, octubre 28, 2006

Uno

Una cosa, y otra, y otra, estaban en el espacio, junto con otras dos. No estaban juntas, sino que estaban cerca unas de otras. Cada cual miraba hacia sí misma, envuelta en una interioridad de caracol interminablemente íntima. Luego llegué yo y dije: “Ey, tú”. Unos ojos se abrieron, y donde había lo múltiple se desperezó lo uno.

Ser

No sé cómo describir lo que era cuando nació. Eso era. Eso nació, y eso era. Era una cosa. Esa cosa nació. Apareció, existía. Era algo. Pero todo lo que era se esfumaba en el mismo acto de ser, en la misma acción, en el mismo proceso. El esfuerzo por llegar a ser culminaba en la nada. El esfuerzo era algo, y el producto era nada.

viernes, octubre 27, 2006

El sentido

Hoy me pasó lo siguiente. Llegué de la facultad completamente exhausto y me tiré en la cama a dormitar unos minutos. Cuando desperté todavía era de tarde. Me calcé la campera y caminé hasta la casa de mi abuela para saludarla por su cumpleaños. El sol brillaba de una manera hermosa y el aire estaba inusualmente transparente y delicioso. Abracé y besé a mi abuela, tomé unos mates, y salí nuevamente a la calle donde el cielo me esperaba furioso de tan celeste.
Enfilé hacia el parque y caminé un rato largo. Me detuve frente a un árbol para contemplarlo deliberadamente. Estaba hermoso porque el sol le daba de frente, produciendo el siguiente efecto: miles de sus hojas brillaban y otras tantas permanecían en la sombra, y a todas las mecía el viento. Se me ocurrió lo siguiente. Años atrás, en lo más tierno de mi adolescencia, solía detenerme frente a una escena hermosa bajo el sol de la tarde y pensaba "Todo esto tiene un enorme sentido, ¡lo siento acá en el pecho! Todo esto tiene un sentido enorme que puedo descubrir y que es profundamente esclarecedor. Todo esto tiene un sentido".
Hoy pensé "El sentido de todo esto no se encuentra en ningún lado, porque no existe. Si algo de todo esto tiene sentido, es el que voy a inventar yo cuando llegue a casa y ponga mis dedos sobre el teclado".
¿Cuál es, entonces, el sentido de las hojas de ese árbol brillando y en la sombra, y mecidas por el viento bajo el sol de la tarde?
Ese árbol contiene en su interior una vitamina que no es originaria del planeta Tierra. Una extraña roca ha sido depositada en ese árbol por seres inteligentes en tiempos muy pretéritos. El objetivo del árbol no es claro. Posiblemente sólo sea existir. El brillo de sus hojas se relaciona con esa vitamina extraterrestre.

miércoles, octubre 25, 2006

El desagüe

Quisiera dedicar algunas palabras a una breve reflexión sobre la boca. He pensado que nos servimos de la boca para muchas cosas, pero acaso la más interesante sea hablar. Me ha venido la idea de que, incluso cuando escribimos, a pesar de que una abrumadora mayoría de veces lo hacemos con las manos lo que decimos sale a través de nuestra boca. En este mismo sentido afirmo que, si bien diversas partes del cuerpo nos sirven de soporte para hacer distintos tipos de gestos, acaso la dimensión a través de la cual acertamos a tomar noticia de que estamos diciendo algo se encuentre siempre en relación con la boca.
Ahora bien, existen también los casos en los que no somos concientes de que estamos diciendo algo. En este sentido somos como un libro. Las palabras están escritas sobre nuestro cuerpo, nuestros actos o pensamientos, pero no podemos leerlas. Las palabras se encuentran escritas sobre nuestra carne, como si estuvieran escritas sobre las páginas de un libro. Desde esta perspectiva ¿qué es la boca? La boca es un gran desagüe. Sólo hace falta apretar el botón (tirar la cadena), para que lo escrito se revuelva y las palabras salgan.
Con esto en mente, me hago la siguiente pregunta: ¿siempre reparamos en el hecho de que tenemos una boca? No es mi caso. Incluso me atrevo a confesar que no hace mucho que me he dado cuenta de que tengo una boca (para hablar). De a poco intentaré deshacer las marcas de mi cuerpo para que consientan en salir por mi boca.

La vida siguió

Le dije a Néstor: Veo una masa informe. Me miró confundido. ¿Informe?, dijo. Sí, una masa que no tiene forma. Pasaron otros cinco minutos.
En Plaza Francia, dije, a veces a la tarde el sol brilla de tal manera que los árboles se tiñen de un naranja particular. Primero hubo silencio, luego pregunté: ¿viste ese naranja alguna vez? No, me dijo.
Finalmente me animé; alzando la voz prorrumpí en lo que primero fue un sollozo, luego fue un gemido, luego fue una súplica, luego un rezo, luego fue un grito, y luego un comentario ejecutado como en tierno coloquio: “Yo creo que la vida no tiene sentido”. Me miró con cara de “Bueno, sí, puede ser, no, no creo”. ¿Estás seguro?, preguntó. No, para nada, respondí.La vida siguió.

martes, octubre 24, 2006

Colectivero

Hoy me pasó algo completamente inusual para mí: tuve un ataque de furia repentino y feroz. Volvía de la Facultad en el colectivo de la línea 103. Dos cuadras antes de la parada en la que me tocaba bajarme hice sonar el timbre para avisar al colectivero que detuviese la máquina, pero el colectivo no paró donde debía. Puesto que la parada se encuentra en una esquina inmediatamente antes de cruzar la avenida, suele ocurrir que los colectiveros no detengan su marcha en el lugar designado sino que lo hagan en la esquina siguiente una vez que ya han cruzado la avenida, de manera que no deben preocuparse de que los agarre el semáforo. Pero este colectivero no se detuvo tampoco allí, sino que continuó su marcha. Dije al chofer: "Te pasaste de la parada". El chofer continuó impertérrito, y entonces ocurrió que grité salvajemente: "¡Pará ahora mismo!". Dos segundos después el colectivo se había detenido. No bajé, sino que me acerqué hasta el chofer y saqué de mi mochila un revólver calibre 357 Magnum que siempre llevo conmigo y lo coloqué contra su sien. Grité: "Hijo de puta te había dicho que pararas. Sos un hijo de puta. Estuviste a punto de que te cagara a tiros en las piernas, para que no puedas laburar más y te jodas vos y toda tu familia. Sos un tipo jodido e hijo de puta. Por tipos como vos y por tipos como yo este país está como el orto. Pero los tipos como vos son los más jodidos, porque por las cosas muy hijas de puta que vos hacés nadie te va a meter a la cárcel". Luego me bajé. Cuando recuperé la calma entendí que mi furia había sido excesiva.